Una de las etapas más placenteras del amor es, sin duda alguna, la inicial,  aquella en la que buscamos capturar la atención del ser deseado y nos valemos de nuestra inventiva. Pero, ¿qué puede funcionar para atraerlo? Tal vez observar a los animales sea una gran opción.

Una de las etapas más placenteras del amor es, sin duda alguna, la inicial, aquella en la que buscamos capturar la atención del ser deseado y nos valemos de nuestra inventiva. Pero, ¿qué puede funcionar para atraerlo? Tal vez observar a los animales sea una gran opción.

Una de las etapas más placenteras del amor es, sin duda alguna, la inicial,  aquella en la que buscamos capturar la atención del ser deseado y nos valemos de nuestra inventiva. Pero, ¿qué puede funcionar para atraerlo? Tal vez observar a los animales sea una gran opción.

Podemos ser tan sigilosos, naturales y seductores como otros seres vivos, pero la cultura y las reglas que se imponen en nuestra sociedad nos han dado un parámetro de cómo actuar. Sin embargo, de forma ancestral los hemos imitado con máscaras y hasta con sus propias pieles en rituales y ceremonias que resalten nuestro poder de seducción.

El filósofo francés, Jean Baudrillard, explica en su libro «De la Seducción», en qué consiste ese fino arte de atraer a la persona deseada, y cómo «oscila entre dos polos, el de la estrategia y el de la animalidad«.

Es importante considerar que esta animalidad no va ligada al salvajismo que pueden representar los animalitos, sino a los comportamientos y adornos naturales que tienen, y que a la par, los hacen sumamente finos y delicados, dignos de imitación.

Detectamos, asimilamos y gustamos de su manera de seducir; los animales son perfectamente ingenuos y naturales, no trabajados (como nosotros). Tienen procesos que les dan identidad, por lo que su comportamiento se traduce en «analogías infinitas», mismas que no van en función de la regla o socialización, sino de la ritualización, que crean con sus movimientos envolventes.

Esa libertad seductora que hemos tratado de copiar desde antiguos tiempos con máscaras, plumajes y vestidos «nos seducen porque son el eco de nuestra organización ritual». Se convierten en una interacción  que incluye una transmisión simbólica de contenidos, como la que comunica cada especie animal con su canto.

Los seres humanos nos hemos valido de la adquisición activa de información a partir de los sentidos; no podemos ser tan arrogantes de pensar que el galanteo es producto del raciocinio que hemos cultivado a través de siglos de evolución. Sino que la naturaleza tiene millones de años llevándolo a cabo con las diversas especies que conforman  el reino animal.

Comunicarse es uno de los más viejos atributos del cortejo y es común a buena

parte de los animales. Sean los sapos del lago o los ciervos de las sierras, cuando un macho y una hembra inician un cortejo, intercambian códigos que ambos conocen, para lo cual no necesitaron algún aprendizaje previo, sino que instintivamente desarrollan sus procesos de seducción.

Si analizamos los adornos de sus cuerpos y sus danzas de apareamiento, nos daremos cuenta que estas constituyen un «zar de lo natural», un mágico carácter ritual. Sea con miradas, gestos o “palabras”, la seducción se desarrolla como una comunicación entre dos sexos.

Jean Baudrillard, el impenitente viajero, que no se reconoce ni como filósofo ni como sociólogo, sino como un simple pensador, habla acerca de qué es lo que nos atrae de los animales y si realmente es su salvajismo, o nos fijamos más bien en «el alto grado de ritualización de sus comportamientos».

Es un hecho que el arte de la conquista y la seducción se basan en complejos mecanismos que van desde los instintos más elementales hasta niveles de conciencia más abstractos. Están operando estímulos que buscan reducir la agresividad y apaciguar al otro sexo, atraerlo.

En el cortejo se sucede una serie de comportamientos que se van integrando entre sí para desembocar, si el éxito acompaña, en persuasión y la cópula. Cada especie tiene su propia canción de seducción, diferente a la de las demás especies y otros animales emiten aromas sexuales (feromonas), otros danzan grotescamente, otros se esconden y se muestran graciosamente, etc.

De esta manera, Baudrillard nos explica que lo que nos atrae no es la nostalgia del salvajismo, sino la nostalgia teatral del adorno que nos hechiza y obliga al cuerpo a significar.

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